40 grados bajo sombra: La ciencia detrás del clima marabino
No en vano se llama la Tierra del Sol Amada, apelativo dado por el poeta Udón Pérez a la ciudad de Maracaibo, capital del estado Zulia al occidente de Venezuela, donde las temperaturas pueden exceder los 40º C. Considerada la región más calurosa de un país con una diversidad de climas y ecosistemas sobre los que existe una ciencia y una serie de factores donde el Sol es el protagonista del amor por esta tierra; un amor difícil a veces de sobrellevar.
Ubicada al noroeste de Venezuela y asentada sobre una llanura con una topografía singular con altitudes que van desde los 0 hasta los 85 metros sobre el nivel del mar, Maracaibo geográficamente favorece la acumulación de altas temperaturas y una baja dispersión de corrientes de aire fresco. A eso hay que sumarle la actividad humana que a través de edificaciones y la deforestación ha contribuido con este esquema climático particular.
Sorprendentemente, a diferencia de países europeos donde una temperatura de 35º C es intolerable y hasta mortal, los marabinos han sabido adaptarse al clima caluroso, aunque eso no quiere decir que no existan riesgos para la salud humana, personas vulnerables, la flora y la fauna. Curiosa e históricamente es un panorama que no siempre ha sido así.
¿Condenada a ser siempre ser calurosa?
“El intenso calor que caracteriza a Maracaibo responde principalmente a su ubicación geográfica y a factores climáticos bien definidos”, afirma Adalberto Montiel, magister en Geografía y profesor de la Universidad Rafael Belloso Chacín (Urbe) en Maracaibo.
“La cercanía de Venezuela, y por tanto de Maracaibo, a la línea del ecuador o paralelo 0º permite recibir radiación solar casi perpendicularmente durante todo el año, lo que incrementa la temperatura en superficie. Además, presenta un clima semiárido, cálido y con escasas lluvias”, acotó.
Según esta explicación, la condición casi plana del terreno y la ausencia de sistemas montañosos cercanos limitan la formación de nubes y lluvias que refresquen el ambiente. Montiel también señala que la influencia del Lago de Maracaibo eleva la humedad y la sensación térmica .
A juicio de la arquitecta y profesora de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad del Zulia, María Eugenia Acosta, “el crecimiento urbano, la cercanía al lago y la deficiencia de áreas verdes generan un fenómeno característico de ciudades como Maracaibo que se conoce como islas de calor, donde el concreto, el asfalto y edificios absorben y retienen el calor durante el día y lo liberan lentamente en la noche”.

El impacto, aunque se siente en toda la ciudad, es variable. Sectores más alejados del área metropolitana, como los de la zona oeste y con una mayor arborización, reflejan una disminución leve de la temperatura sobre todo en las noches.
Dentro del hogar, el problema se puede mitigar con la instalación de aires acondicionados, pero persiste en el exterior la sensación térmica. De hecho, Maracaibo encabeza la lista de ciudades con mayor número de aires acondicionados en Venezuela, un artefacto que es imprescindible en todas sus presentaciones, pero que no necesariamente es un lujo.
Para Acosta, “es necesario promover una arquitectura bioclimática donde se trabaje en tres frentes: reflectividad de la luz solar, evaporación a través de pavimentos permeables, techos y paredes frias; y sombra, a través de la arborización con arboles nativos en áreas estratégicas y previamente estudiadas”.
Un sol que calienta y enferma
En Maracaibo, los valores más altos de temperatura suelen concentrarse entre abril y septiembre con temperaturas máximas que oscilan entre 35 ºC y 38 ºC, pero la sensación térmica puede superar fácilmente los 42 ºC debido a la alta humedad.
La forma como percibimos el calor puede ser muy diferente a la temperatura real: puede empeorarse o puede reducirse.
Aquí entran en juego dos conceptos que suelen causar confusión: la temperatura y la sensación térmica; mientras la temperatura es el dato exacto que mide un termómetro, la sensación térmica es el efecto combinado de esa temperatura con factores como humedad y viento, es decir, disminuye o multiplica la magnitud real del calor.
De acuerdo con Liliana Ballesteros, médico internista, “el primer efecto evidente en la salud es la sudoración y a mayor humedad, mayor sudoración porque el aire, al estar cargado de vapor de agua, evapora fácilmente el sudor”. A medida que esa sudoración se prolonga y se le suman otros factores como la deshidratación, exposición al sol o ejercicio, el cuerpo no se puede autorregular y se produce una emergencia médica conocida como golpe de calor.
Ballesteros recomienda, en primer lugar, la hidratación constante o llevar una botella de agua al salir a la calle; usar paraguas, evitar por mucho tiempo la exposición al sol, sobre todo en horarios entre las 11 de la mañana y las 4 de la tarde; usar protectores solares de alta calidad. “En los meses donde el sol suele ser más inclemente, se reportan mayor número de pacientes en emergencias producto de la insolación o golpes de calor. Nadie es inmune a esa realidad”, agregó.
El calor también favorece la proliferación de mosquitos y vectores que causan enfermedades como dengue.
El ciclo del calor en el Zulia no solo agota al ciudadano, también crea una tormenta biológica perfecta. Con cada lluvia, el calor persistente actúa como una incubadora gigante, reduciendo a la mitad el tiempo de reproducción de los mosquitos y aumentando el riesgo de brotes epidemiológicos en las comunidades más vulnerables.
Los animales también se pueden ver afectados. En casa, las mascotas como perros, gatos o aves requieren espacios climatizados óptimamente, así como la disposición permamente de agua para evitar golpes de calor o deshidratación ya que el mecanismo de mitigación térmica en los animales es muy diferente al de los humanos.
Hacia una ciudad fresca
Mitigar el “horno marabino” exige una transición urgente hacia el urbanismo bioclimático. La solución más inmediata y económica reside en la infraestructura verde: la siembra masiva de especies nativas capaces de generar un proceso que enfríe el aire circundante. Organizaciones como Una arboleda para Maracaibo señalan que Maracaibo apenas tiene unos 2 metros cuadrados de área verde por habitante, cuando la recomendación internacional es de al menos 10.
Se recomienda la siembra de árboles autóctonos como Cují, San Francisco, Apamate, Araguaney, Curarire o frutales como Mango, Mamón o Níspero en lugar de árboles de Nim, considerada una especie invasora y dañina para los suelos o la fauna pese a las bondades de su sombra.
La construcción de edificaciones en áreas como El Milagro o la ribera del Lago de Maracaibo ha contribuido negativamente al condicionar el flujo de brisa lacustre.
Aunque ya es muy tarde para revertir el problema, la siembra de árboles también podría favorecer la disminución de las islas de calor en el área metropolitana de la ciudad. Una labor donde se requieren voluntades políticas y sociales con el compromiso de mantenerlas a largo plazo y no supeditarlas a gestiones gubernamentales de turno.
El calor también compromete a la fauna típica de la ciudad, vecinos invisibles del horno de concreto. Menos árboles significa menos refugio para las aves y otras especies. La migración animal también es un problema apremiante: especies que antes eran comunes en zonas residenciales se desplazan hacia las orillas del Lago o zonas con más vegetación, rompiendo el equilibrio ecológico de la ciudad.
De acuerdo con estudios del Instituto Municipal del Ambiente, Maracaibo necesita unos 5. 000. 000 de árboles, sin embargo, el problema no termina allí. La tala ilegal de árboles es un asunto que requiere conciencia ciudadana. Se necesita una reeducación forestal que permita a los habitantes de la ciudad valorar a los árboles, no como un elemento estético o decorativo, sino imprescindible para mejorar el bienestar.
Desde una perspectiva positiva, Maracaibo no solo es óptima, sino que es considerada una de las ciudades con mayor potencial de energía solar en toda Sudamérica.
Su ubicación geográfica y sus condiciones climáticas la convierten en un laboratorio natural ideal para la generación de energía fotovoltaica, tan necesaria en una región que padece la inclemencia de un servicio eléctrico decadente e intermitente.
La arquitecta María Eugenia Acosta, señala que “la mejor muestra de amor a la ciudad va más allá de escuchar una gaita o la devoción a La Chinita, sino del cuidado y defensa permanente de los espacios. En una ciudad que parece que ya perdió la batalla por rescatar su lago y que parece poco dispuesta a luchar contra el calor aún cuando tiene todas las herramientas de hacerlo”.
El cambio climático también urge que se tomen medidas antes de que sea tarde. “El aire acondicionado pasa, pero una ciudad más calurosa a las nuevas generaciones será permanente”, sentenció.
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Prensa LOV/Carmen Cecilia Guerra
Pasante: Wignel Mejia
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