Ayer el Real Madrid cayó de la forma más cruel posible. Lo que debía ser el inicio de una nueva era bajo el mando de Álvaro Arbeloa, un hombre que siente el madridismo como pocos, se convirtió en una pesadilla de la que el equipo no pudo despertar. El 3-2 definitivo en el Carlos Belmonte no solo elimina al Madrid de la Copa, sino que deja una herida profunda en el ánimo de la afición.
La soledad del banquillo
Desde el primer minuto, se vio a un Arbeloa inquieto, viviendo el partido con la intensidad que lo caracterizaba como jugador. Sin embargo, las ganas no fueron suficientes para suplir la falta de orden. El Real Madrid pareció un equipo con alma pero sin brújula, remando contra corriente desde que el Albacete golpeó primero.
Cuando Gonzalo García anotó el empate en el tiempo de descuento (91′), pareció que el «ADN Madrid» salvaría el debut de Arbeloa. Fue un espejismo. Apenas tres minutos después, el silencio se apoderó de la expedición blanca mientras el estadio local estallaba.
Ese gol final de Betancor en el último suspiro fue un golpe seco, de esos que dejan sin aliento. Las cámaras no buscaron el festejo local, sino el rostro de Arbeloa: una mezcla de incredulidad y dolor, la imagen viva de un hombre que sabe que su sueño empezó con el pie izquierdo.
Un vestuario tocado
La atmósfera tras el partido era de funeral Arbeloa, lejos de excusarse en el poco tiempo que lleva al frente, se mostró vulnerable y honesto ante los micrófonos:
«Me duele por los chicos y por la gente que viajó hasta aquí. No es el debut que soñé, ni el que este club merece. Mañana toca mirarnos a la cara y entender que en el Madrid no valen las excusas», afirmó Álvaro Arbeloa.
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Prensa LOV/Carmen Cecilia Guerra
Pasante: Wignel Mejia
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