Guerrilleros con armas largas patrullan en motocicletas una de las carreteras polvorientas de la región del Catatumbo. Esta zona, históricamente desangrada en Colombia, colinda directamente con la frontera de Venezuela. Montañas adentro, adonde no llegan las fuerzas del Estado, los grupos alzados en armas consolidan su ley de facto en un territorio en disputa.
La agencia AFP tuvo acceso a esta zona una semana después de un fuerte ataque del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Este evento desató una crisis humanitaria inusitada que dejó más de 80 muertos, al menos 36.000 desplazados y miles de ciudadanos confinados.
Encapuchados y fuertemente armados, los guerrilleros mostraron su músculo militar. Además, multiplicaron sus puestos de control en las vías para evitar la entrada de los disidentes de las extintas FARC, sus principales enemigos en este enclave del narcotráfico.
Pese a la orden del presidente Gustavo Petro de retomar el control, todavía no hay señales del Estado. En consecuencia, los civiles transitan en autos con banderas blancas amarradas como único gesto de paz y protección. Al filo de la montaña se extienden los cultivos de hoja de coca, la manzana de la discordia entre los grupos armados.
El impacto de la violencia armada en la población civil
El pasado 16 de enero revivió el fantasma de las peores épocas del conflicto armado colombiano. Por lo tanto, los habitantes anticipan un sufrimiento prolongado en esta región indómita de 11.000 kilómetros cuadrados. Luz Franco, comerciante de una tienda de víveres de 44 años, lamenta que «estas guerras son de años».
“Todo el pueblo se encerró ese día, todo el mundo iba buscando resguardo de un lado a otro. Nos encerramos a esperar porque no sabíamos qué pasaba en ese momento”, añadió Franco a los corresponsales.
Corrían rumores sobre las crecientes tensiones entre el ELN y las disidencias que no se acogieron al acuerdo de paz de 2016. Sin embargo, el ataque fue sorpresivo debido a que el ELN movilizó cientos de combatientes desde el departamento de Arauca sin ser detectados por la inteligencia.
Según el Ejército y organizaciones sociales, los rebeldes ejecutaron una operación de cacería con lista en mano. Entre los fallecidos reportados hay un bebé, dos menores de edad, combatientes disidentes y firmantes de la paz acusados de colaborar con el bando contrario.
Suspensión de los diálogos y crisis comunitaria en la región del Catatumbo
«Estamos en un momento de crisis profunda. Esta es una situación que no se esperaba», sostiene Édgar Guerrero, líder comunitario de El Aserrío. El activista critica lo que considera una promesa incumplida del gobierno, que se suponía iba a priorizar el desarrollo en la región del Catatumbo tras el desarme de las FARC en 2017.
Por otra parte, el presidente Gustavo Petro calificó la cifra de fallecidos y el éxodo de desplazados como uno de los hechos más dramáticos de la historia contemporánea de Colombia. Por esta razón, suspendió de inmediato las negociaciones de paz con el ELN y declaró la zona en «conmoción interior».
Actualmente, el mandatario considera a los rebeldes como un cuerpo armado dominado plenamente por la codicia. Mientras tanto, en las comunidades vulnerables, los niños pintaron telas con el mensaje “QUEREMOS PAZ” para exigir el cese de las hostilidades.
Por último, los habitantes rurales de la región del Catatumbo se mantienen en alerta máxima. A pesar de los anuncios institucionales, muchos civiles sospechan que la respuesta y venganza de las disidencias llegará más temprano que tarde a los campos.
