Perros rescatistas tienen un papel protagónico tras el doble terremoto en Venezuela
El 24 de junio de 2026, un doble terremoto sacudió Venezuela y activó una de las mayores respuestas internacionales de búsqueda y rescate. Entre los 2.378 rescatistas llegados de 27 naciones, 140 perros especializados en localizar vida entre escombros se convirtieron en actores decisivos de la operación. ¿Quiénes son, cómo trabajan, de dónde vienen y qué significa, en términos de vidas humanas, que un animal adiestrado durante años llegue al punto exacto donde una persona no alcanza?
Antes de que llegara la maquinaria pesada, de que los médicos montaran su campamento, antes incluso de que las cámaras encontraran el ángulo correcto, hubo narices que ya trabajaban entre los escombros.
No pertenecían a ningún organismo internacional ni figuraban en ningún comunicado oficial.
Era un grupo de perros.
El martes 24 de junio de 2026, dos sismos consecutivos sacudieron Venezuela con una brutalidad que el país no registraba en su historia reciente.
Las imágenes llegaron antes que los datos: fachadas desplomadas, polvo blanco suspendido en el aire, personas que llamaban a otros desde la calle sin saber bien si respondían desde adentro.
En pocas horas, se activaron protocolos de emergencia y la comunidad internacional comenzó a moverse. Lo que se organizó superó cualquier operación anterior de ese tipo en territorio venezolano.
Según datos compilados por la ONU, 2.378 rescatistas provenientes de 27 países arribaron con equipos, tecnología y una herramienta que ningún dron puede reemplazar.
Trajeron 140 perros especializados en búsqueda y rescate en estructuras colapsadas, entrenados durante años para hacer exactamente esto.
España envió a 137 rescatistas y 19 perros. México lideró el contingente humano con 473 rescatistas y 17 perros, entre ellos Arkadas, un animal donado por Turquía al equipo mexicano. El Salvador sumó 300 personas. Estados Unidos aportó 250. El Reino Unido llegó con 119 rescatistas y 10 perros. Suiza envió 8. Alemania, 7. República Checa, 8. Países Bajos, 8. Colombia, 4. Brasil, 6. Ecuador complementó con 47 rescatistas y 2 perros a través de sus Bomberos de Quito. Argentina, 4. Perú, 1.
En total, 44 equipos USAR —siglas en inglés de Urban Search and Rescue, el formato internacional de búsqueda y rescate urbano— se concentraron en Caracas, La Guaira y otras zonas afectadas.
El número de perros es la cantidad de narices que, en las primeras 72 horas de una catástrofe, determinaron si había alguien vivo donde ya no cabía una persona.
¿Por qué es tan eficiente el trabajo de un perro?
Explicar por qué el trabajo de un perro resulta irreemplazable en labores de rescate exige desmontar una idea equivocada: que su valor es simbólico o emocional. No lo es. Es técnica.
El olfato canino supera al humano entre 10.000 y 100.000 veces, dependiendo de la raza y el entrenamiento.
En una estructura colapsada, los gases y vapores que emite un cuerpo humano vivo —dióxido de carbono, sudor, compuestos volátiles de la piel— se filtran por grietas, huecos y corrientes de aire internas. Un perro entrenado para búsqueda en escombros aprende a seguir esa emanación, llamada técnicamente “venteo”, hasta localizarla con precisión suficiente para indicarle al guía dónde excavar.
Un escáner de movimiento detecta vibración. Un micrófono amplificado capta sonidos. Un dron mapea superficie. Pero ninguno de esos instrumentos es capaz de distinguir el olor específico de una persona viva sepultada bajo toneladas de concreto, polvo y metal retorcido. El perro sí.
En Venezuela, donde las edificaciones arrasadas por los sismos dejaron zonas de acceso difícil, con riesgo de colapso secundario y condiciones que desorientan a cualquier equipo, los binomios caninos —la dupla perro-guía— operaron como instrumento de decisión. Su señal determinó dónde abrir paso y dónde no perder tiempo.
70 años de historia
Los perros no llegaron al rescate de catástrofes por inspiración. Lo hicieron por necesidad, y por un proceso histórico que comenzó en la Segunda Guerra Mundial y se extiende hasta la actualidad.
Durante los bombardeos sobre Londres entre 1940 y 1941, los equipos de rescate descubrieron que ciertos perros —sin entrenamiento formal, por puro instinto— se orientaban hacia lugares donde había sobrevivientes sepultados entre los escombros de los edificios destruidos. Aquella observación, registrada por la Cruz Roja Británica, sembró una idea que tardaría décadas en formalizarse.
En Suiza, durante los años 50, la organización Redog —Red de perros de búsqueda y rescate— comenzó a sistematizar el adiestramiento canino para emergencias. Fue uno de los primeros intentos formales de convertir el talento natural del perro en una metodología reproducible. Suiza eligió esa especialización por su geografía montañosa, con riesgo constante de aludes y derrumbes, que exigía, además, respuestas que los medios humanos no cubrían.
El perro correcto
Una de las confusiones más comunes sobre los perros rescatistas es imaginar que cualquier animal con buen olfato puede hacer este trabajo. No es así. La selección es rigurosa y muchos perros que comienzan el proceso no lo completan.
Los programas de formación priorizan temperamento antes que raza. El perro debe tener impulso natural de búsqueda, alta energía controlable, estabilidad emocional ante ruido, polvo, vibración y espacios confinados, así una disposición genuina a trabajar con su guía.
Un animal ansioso, miedoso o demasiado independiente puede generar falsos positivos, señalar donde no hay nada,o simplemente bloquearse en medio de la operación, con consecuencias que en una emergencia real son irreversibles.
Entre las razas más destacadas en operaciones USAR aparecen con frecuencia el pastor belga malinois, el pastor alemán, el labrador retriever, el golden retriever y, en algunos equipos, el bordercollie.
El malinois y el pastor alemán destacan por su equilibrio entre potencia, agilidad y obediencia bajo presión. El labrador y el golden por su sociabilidad, resistencia y motivación sostenida. Pero la raza es secundaria: un mestizo con el temperamento adecuado puede superar en campo a un ejemplar de pedigrí sin esa disposición.
Entre los perros identificados en el despliegue venezolano aparecen dos nombres concretos que ilustran cómo opera este sistema. Tsunami, parte del contingente del Centro de Formación de Equipos Caninos de Intervención de Desastres K-SarEcid, organización fundada por Jorge Beens. Y Arkadas, cuyo nombre significa “amigo” en turco, un perro donado por Turquía al equipo mexicano y desplegado para la emergencia de Venezuela. ´
Detrás de cada nombre hay años de formación, un guía, un veterinario, un expediente técnico y una cadena de certificación que determina si el animal puede operar en condición real.
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Prensa LOV/Carmen Cecilia Guerra
El Nacional
