Adelgazamiento, adicciones y longevidad: el caso Ozempic
Nació para tratar la diabetes, revolucionó la obesidad y se convirtió en fenómeno social. Hoy, las moléculas que imitan a la hormona natural GLP-1 abren un nuevo horizonte: las adicciones y el envejecimiento saludable. ¿Hasta dónde puede llegar esta revolución?
Hasta hace nada, GLP-1 era una sigla que manejaban exclusivamente endocrinos, investigadores y pacientes con diabetes. Casi nadie sabía pronunciar a la primera la palabra «semaglutida», uno de los principios activos de esta familia de medicamentos a la que pertenecen Ozempic, Wegovy o Mounjaro (la santísima trinidad de esta categoría).
Sin embargo, hoy forman parte de la conversación cotidiana.
Ozempic se ha convertido en uno de esos raros nombres comerciales que acaban describiendo a todo un fenómeno: famosos que adelgazan de repente, conversaciones de sobremesa sobre quién «se pincha», farmacias que conocen bien su demanda y redes sociales en las que la pérdida de peso se exhibe como un antes y un después.
Hoy, basta sentarse alrededor de una mesa, abrir Instagram o escuchar una conversación en un gimnasio para que aparezca, tarde o temprano, la palabra mágica. Alguien conoce a alguien que se lo pincha, o que ha perdido quince kilos, o que bebe mucho menos que antes. Se podría decir que Ozempic ya se ha convertido en un fenómeno social y cultural. noticiaNoTodos los riesgos de utilizar Ozempic cuando solo te sobran un par de kilos.
El caso es que detrás de todo este ruido hay una revolución médica real. El GLP-1 es una hormona natural que el intestino produce tras comer para regular el apetito, retrasar el vaciamiento del estómago y estimular la producción de insulina. Y los agonistas no son más que sus imitadores, que nacieron para tratar la diabetes tipo 2, y más tarde demostraron una extraordinaria capacidad para favorecer la pérdida de peso. Pero no sólo.
Del hambre al deseo
El siguiente paso llega cuando nadie se lo esperaba, por eso se ha convertido en una de las historias científicas más estimulantes alrededor de estos fármacos. De pronto, algunos pacientes empiezan a referir que, además de haber disminuido sus pensamientos relacionados con la comida, también beben y fuman menos (quienes lo hacían, claro). Incluso describen una especie de silencio mental frente a deseos que antes aparecían una y otra vez.
Aquellas observaciones abrieron una puerta fascinante: quizá estos medicamentos no actuaban únicamente sobre el hambre, sino también sobre algo mucho más complejo, los mecanismos de la recompensa. El famoso food noise, ese pensamiento recurrente sobre qué comer, cuándo hacerlo o cuánto queda para la siguiente ingesta, parecía tener análogos: ¿y si también existiera un alcohol noise, un nicotine noise, un ruido de la recompensa que determinados cerebros escuchan a mucho más volumen?
La respuesta tiene una base biológica. Y es que los receptores GLP-1 no viven únicamente en el aparato digestivo. También están presentes en el cerebro, en las regiones implicadas en la motivación y la recompensa. La investigación está intentando averiguar hasta qué punto estos fármacos pueden modular esos circuitos y disminuir el craving, ese deseo que empuja a repetir el consumo. En este sentido, alcohol y nicotina concentran buena parte de los estudios. Y aunque los resultados para ambos son aún heterogéneos, la hipótesis ha dejado de ser una simple anécdota clínica.
Los psiquiatras pueden prescribir semaglutida contra las adicciones
Un ensayo aleatorizado publicado en la prestigiosa revista The Lancet con 108 pacientes mostró que los que recibieron el tratamiento de semaglutida en comparación con aquellos a los que se administró placebo mostraron una reducción significativa del consumo total de alcohol y del número de días de consumo intensivo.
En este sentido, el psiquiatra Néstor Szerman, miembro del Grupo de Investigación de Neurociencias y Salud Mental del Instituto de Investigación Sanitaria del Hospital Gregorio Marañón de Madrid y presidente de la Fundación Patología Dual, se muestra muy esperanzado. «Aunque la semaglutida cuenta con evidencia científica, aún no tiene la aprobación de las agencias reguladoras como la FDA americana o la EMA europea para tratar dependencias. Los psiquiatras la podemos prescribir para controlar adicciones bajo ciertas condiciones: informar al paciente de que no está regulada, que nos firme su consentimiento informado, y todo ello siempre tras realizar rigurosas analíticas y pruebas como el electrocardiograma para comprobar su estado de salud», detalla el psiquiatra.
Ahora mismo, además, hay estudios internacionales en marcha con otras moléculas muy nuevas.
Por ejemplo, la compañía que firma Mounjaro cuenta con otra, la brenipatida, en fase III de ensayo clínico, aunque no se conocerán resultados hasta la primavera del 2028, y puede que no se comercialice hasta 2030. «Esta sería una revolución, porque los adictos al alcohol, por ejemplo, podrían normalizar su relación con la sustancia», explica Szerman, quien añade que estos agonistas del receptor GLP-1 muestran, además, un efecto antiinflamatorio y neuroprotector, lo que explicaría sus posibles efectos sobre otros diagnósticos que involucran al cerebro y sus trastornos, pero también sobre sistemas diferentes como, por ejemplo, la enfermedad respiratoria crónica. «Además, creemos que no sólo mejorarían la adicción, sino también los otros trastornos mentales que la acompañan, lo que se conoce como patología dual», añade.
Aunque algunos estudios preliminares apuntan a su eficacia frente a adicciones como a los opiáceos, Szerman advierte de que la evidencia sigue siendo controvertida. ¿Y qué ocurre con las adicciones sin sustancia, como el juego, las compras compulsivas, los videojuegos, la cleptomanía o el sexo? La investigación comienza a explorar su utilidad en estas conductas, pero los resultados aún son insuficientes para recomendar estos fármacos como tratamiento.
¿Y si retrasaran el envejecimiento?
Los agonistas del GLP-1 empiezan a estudiarse también desde una perspectiva que hace apenas unos años hubiera parecido ciencia ficción: la longevidad. No existe hoy una «inyección antienvejecimiento» llamada Ozempic. Pero sí existe una hipótesis científica cada vez más interesante: la semaglutida y otros medicamentos de esta familia actúan sobre procesos metabólicos estrechamente relacionados con el envejecimiento, y algunas investigaciones exploran su posible influencia sobre la inflamación, el estrés oxidativo y otros mecanismos asociados a la edad.
En lo que se refiere a la piel, la doctora Rosa del Río, dermatóloga y responsable de la Unidad de Estética Facial de Grupo Pedro Jaén, es tajante: «Es cierto que se están estudiando posibles efectos de los fármacos que actúan sobre el receptor de GLP-1 en procesos relacionados con la inflamación y el metabolismo, y que eso abre preguntas interesantes en dermatología, ya que algunos de estos factores influyen en el deterioro de la piel destruyendo colágeno, empeorando la microcirculación y ralentizando los procesos de reparación celular. Sin embargo, todavía no hay datos válidos al respecto de posibles beneficios de la semaglutida sobre el envejecimiento cutáneo más allá de los efectos indirectos derivados de la mejoría de la salud en general», dice Del Río.
Adelgazar, sí, pero a qué precio
El éxito de estos medicamentos tiene una explicación bastante sencilla. Simplemente, funcionan: disminuyen el apetito, prolongan la sensación de saciedad y pueden conseguir pérdidas de peso que hace no tantos años parecían difíciles de alcanzar sin cirugía. La medicina encontró una herramienta extraordinaria, y la cultura de la delgadez se alió, al mismo tiempo, con su objeto de deseo. Pero para personas con obesidad y determinadas enfermedades asociadas, el cambio podía ir mucho más allá de una talla de pantalón: rebajar considerablemente el riesgo cardiovascular asociado a la obesidad.
La doctora Eulalia Monsalve, médica de familia en el Centro de Salud de Aiete, en San Sebastián, refiere un aumento de pacientes, diabéticos y no diabéticos, todos ellos obesos, que van a pedir la opinión de sus médicos en consulta. «Conocen a familiares y amigos que lo están tomando y les va muy bien; otros vienen con la receta de la privada para saber si les corresponde financiación (de momento, sólo está financiado para diabéticos)», explica la experta. Y advierte: «Es extremadamente importante saber que los agonistas del GLP-1 son sólo una herramienta más para pacientes obesos. Por eso es tan importante prescribir un estilo de vida saludable que acompañe a este medicamento que les aporta una subida de autoestima y una motivación que nunca han tenido en su peregrinar a través de decenas de dietas que no les funcionaron», remata Monsalve.
Pero hay una diferencia enorme entre un tratamiento eficaz y una barra libre farmacológica.
Entre sus efectos adversos conocidos se encuentran las náuseas del inicio, alteraciones intestinales como diarrea o estreñimiento, excesiva sensación de llenado o saciedad y, lo más importante, pancreatitis (inflamación del páncreas), una complicación grave que requeriría suspender el tratamiento y realizar una valoración médica. Otro efecto indeseado es la pérdida de masa muscular. Ninguna tontería, porque el músculo, especialmente a partir de cierta edad, no es un accesorio estético, sino la gran reserva funcional, protección frente a la fragilidad, capacidad para levantarnos, caminar, mantener el equilibrio, subir la maleta al cajón superior del avión y seguir siendo autónomos. Casi nada.
Y es ahí justamente donde aparece una de las paradojas más interesantes del boom GLP-1. Nunca habíamos dispuesto de herramientas farmacológicas tan potentes para tratar la obesidad. Así que la conversación ya no debería ser sólo cuánto has adelgazado, sino cuánto músculo has conseguido conservar. «Y el costo de ese atajo, en términos de masa muscular perdida, de microbioma alterado, de relación con el cuerpo que no se sana, no está siendo suficientemente discutido», opina Marcos Apud, psicólogo, biohacker y especialista en longevidad. Por no hablar del sueño, «un factor capaz de modificar todo este sistema», prosigue.
«Luego está la dependencia psicológica a los resultados, que opera en otro nivel que no es químico, sino cognitivo y emocional. Es el miedo a perder lo que el fármaco te dio. Y no desaparece con dopamina, se alimenta de la narrativa que construiste alrededor del tratamiento: «Sin esto no puedo, si lo dejo, vuelvo a ser quien era antes…».
Descanso
También insiste en la importancia del descanso la médico general especializada en Psiconeuroinmunoendocrinología de la Clínica PNIE, la doctora Berta Pedreño, autora de PNIE: La ciencia que lo conecta todo: cuerpo, mente y emociones. Según la experta, «cuando dormimos poco, los estudios muestran que pueden aumentar el hambre y la ingesta, y que cambia incluso la respuesta del cerebro ante determinados estímulos alimentarios».
Por su parte, Salena Sáinz, farmacéutica y nutricionista en naturaenutricion.com, cree que la semaglutida es una tirita a la manera en que estamos viviendo. «No estoy en contra de ella, sólo de su uso indiscriminado en pacientes que no lo necesitan; en la contraportada de mi libro, La revolución del GLP-1 natural lo digo claro; lo escribo para quien se está pinchando, para quien no quiere hacerlo, y para quien lo está utilizando, pero quiere dejarlo».
Quizá por todo eso la pregunta ya no sea simplemente si Ozempic adelgaza o si mejora la piel. La pregunta que empieza a hacerse la ciencia es más ambiciosa: ¿hasta dónde llegan los efectos de los agonistas del GLP-1 sobre nuestro metabolismo, nuestro cerebro y nuestra forma de envejecer? Mientras buscamos la respuesta, se siguen popularizando a gran velocidad.
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Prensa LOV/Carmen Cecilia Guerra
Agencia
